Supe que la había perdido –
pero no que ella se hubiera
ido –
pues en su rostro y en su
lengua
ya viajaba lo más remoto.
Ajena, aunque adyacente
como una raza foránea –
mientras hallaba sosiego
cruzó lugares sin latitud.
Los elementos, sin alteración
–
El universo era el mismo.
Sin embargo, la
transmigración del amor –
de algún modo había llegado –
Y estaría de aquí en adelante
para recordar
que la naturaleza se apoderó
del día
que a mí tanto me costó –
La penuria es suya.
No de quien se esfuerza por
la libertad
ni por la familia,
sino por la restitución de la
idolatría.
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