La última noche que ella
vivió
fue una noche común, salvo
por la muerte –
Este suceso nos convirtió
a la naturaleza en algo
distinto.
Nos dimos cuenta de cosas
diminutas –
cosas que pasamos por alto –
gracias a esa gran luz por
encima de nuestras cabezas.
Cabezas demarcadas – por
decirlo de algún modo.
De acuerdo a como salíamos y
entrábamos
de la habitación final
a las habitaciones donde
estaban quienes seguirían
con vida mañana, hubo
un reproche acerca de que
otros pudieran existir
mientras ella debía concluir
todo,
un recelo por ella surgió
casi infinito –
Esperamos mientras ella moría
–
Fue un tiempo incómodo –
Nuestras almas estaban muy
atropelladas como para hablar.
A la larga llegó la noticia.
Ella habló y olvidó –
Luego, ligeramente, como un
junco
inclinado hacia el agua,
forcejeó un poco –
Aceptó. Murió –
Y nosotros – nosotros
compusimos su cabello –
enderezamos su cabeza –
y después todo fue una atroz
molicie
regular la fe –
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