Los grillos cantaron.
Instalaron al sol.
Los trabajadores concluyeron,
uno por uno,
su costura sobre el día –
La hierba, humilde, cargó al
rocío.
El atardecer se puso en pie
como los forasteros,
con el sombrero entre las
manos, educado, nuevo,
como en actitud de quedarse o
irse –
Hizo su aparición cierta
vastedad, del tamaño
de un vecindario, una
sabiduría sin rostro ni nombre,
una paz como de hemisferios
dentro de la casa,
y, así, llegó la noche.
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